jueves, 2 de julio de 2026

Balboa.



Balboa nació en España en algún momento alrededor del año 1475. Su padre era un noble menor, pero la familia no era rica. Como el segundo hijo, Vasco no heredaría ninguna de las pequeñas propiedades de la familia, por lo que decidió buscar fortuna en las tierras recientemente reclamadas por España en el Nuevo Mundo
Jerez está asentada sobre un terreno agreste de las Sierras del Suroeste de Badajoz, dominado por dehesas de tupidos encinares. No sólo de Templarios vive Jerez de los Caballeros. Esta localidad pacense también forma parte de la Ruta de los Descubridores, que recorre Extremadura desde Trujillo hasta Plasencia, porque en ella nació Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo que avistó el Oceáno Pacífico.Vasco Núñez de Balboa fue un “mancebo (…) bien alto y dispuesto de cuerpo y buenos miembros y fuerzas y gentil gesto de hombre muy entendido y para sufrir mucho de trabajo”. Así fue como lo retrató Fray Bartolomé de las Casas, cuando el jerezano ya había dado varios pasos en su periplo americano, hasta donde llegó enrolado en la expedición de Rodrigo de Bastidas en 1501, con 26 años. Atrás dejaba una familia humilde, de origen leonés, asentada en la localidad extremeña de Jerez de los Caballeros, donde servía en la casa de los Portocarrero. Estos últimos, como Señores de Moguer, tenían también fuertes conexiones con los puertos desde los que, a partir de 1492, comenzaban a partir barcos con destinos al continente americano.
Su estratégica ubicación atrajo a fenicios, romanos, y musulmanes, hasta que en el s.XIII los cristianos recuperaron la ciudad del dominio árabe y la cedieron a la Orden del Temple, iniciándose una época de engrandecimiento.
El padre de Vasco Núñez fue Nuño Arias de Balboa, que era escribano en Jerez y don Pedro, el alcalde. Esa proximidad de funciones y de conocimiento mutuo nos inclina a pensar que pronto Vasco Núñez entrará al servicio de la casa. Mucho más si sabemos que ambas familias dependían de la misma parroquia, y se avecindaban, según el historiador y párroco de San Bartolomé, Gregorio Fernández Pérez, muy cerca, pues el noble vivía en la casa de los Vegas y Portocarrero, edificio que estaba situado enfrente de dicha parroquia, contigua a la vieja y primera plaza de toros, que usaba como palco taurino la Puerta de Alconchel abierta en el cerco murado. Los Balboa se domiciliaban a unos cien metros de esa casa, en la calle de la Oliva, según sabemos por vieja y continuada tradición popular.
Desde la calle Oliva, en el corazón del barrio de San Bartolomé, la casa natal de Vasco Núñez de Balboa apenas se distingue del resto, todas en cuesta, de dos alturas, blanquísimas y silenciosas a pesar de la vida que las recorre por dentro. En su interior comienza un viaje hasta El Darién, en Panamá, el escenario principal de las aventuras de su hijo más famoso, que ha pasado a la Historia como el descubridor, para los ojos europeos, del Océano Pacífico y el fundador de Santa María de la Antigua del Darién, la primera localidad permanente en suelo continental americano.
Don Pedro Portocarrero, 'el Sordo', un prohombre excelso de su tiempo, fue VIII, señor de Moguer y de Villanueva del Fresno, alcalde mayor de Sevilla perpetuo de juro de heredad, alcaide de Jerez cerca de Badajoz, comendador de Segura de la Sierra. Perteneció al Consejo de los Reyes Católicos y de sus sucesores. Casó con Juana de Cárdenas en 1473, lo que le va a propiciar el título de señor de la Puebla del Maestre. Fue su padre Juan Pacheco, I Marqués de Villena, que morirá en Trujillo en 1419, y su madre era María Portocarrero, VI señora de Moguer y de Villanueva del Fresno.


En primer término, los sepulcros de la Casa de Portocarrero (s. XIV).







Como escudero Vasco Núñez de Balboa va a seguir a don Pedro allá donde vaya, y no era cosa menor estar junto a una figura de tanto rango, pues es revelador que el padre de don Pedro, Juan Pacheco, quisiera casar a su hija Juana con el hijo del rey de Francia, y aunque ello no se consumó sí denota el nivel de influencia de la familia en los más altos niveles de la realeza


Así que Balboa visitaba con su amo las propiedades, que no eran pocas. Entre otras en Córdoba, donde estuvo avecindado antes de hacerlo en Jerez, según vemos en el expediente probatorio de la Orden de Calatrava y de la Orden de Santiago. De igual modo viajó a Moguer y Sevilla, ciudad ésta donde tenía casa. Tales incursiones sureñas le debieron servir a Balboa para conocer las noticias sobre cartas de navegación y planes marineros.


A esto se sumaron los viajes a Portugal, cuyos desplazamientos ya había realizado con antelación don Pedro para garantizar la paz con el país vecino tras las diferencias sucesorias con doña Isabel de Castilla. La frontera de Portugal, tan cerca de Jerez, que había sido muy permeable durante el mandato del temple en la villa, sirvió para dar noticias a los jerezanos sobre el afán de viajes oceánicos. No podemos obviar la importancia de la Escuela de Sagre, fundada por el infante Enrique 'El Navegante', que ya había reunido en esa ciudad en 1417 a destacados científicos en el tema del mar. Lo lusitano era una referencia en las artes de la navegación, y ello no pudo ser ignorado por un joven aprendiz de todo. Pero además Balboa participará también en las campañas de Málaga, donde su señor tenía que asistir obligatoriamente ya que esas expediciones eran mandadas por su suegro el maestre de Santiago.



El s.XVI y el descubrimiento del Nuevo Mundo, con la figura del jerezano Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Océano Pacífico y su expedición al Perú, llevan a Jerez de los Caballeros a ocupar un lugar preponderante en la Historia

En el hecho de que Balboa sea seguidor de una persona del nivel e influencia de su señor hay que hallar la raíz de ese estirón del ánimo del escudero para plantearse en sus proyectos el de embarcar. Sin la estrecha relación con Portocarrero no hubiera sido testigo de conversaciones sobre el nuevo mundo que incitaron la curiosidad ultramarina del escudero.
Pero la cercanía con el influyente noble en ese periodo histórico merece un poco más de nuestra atención, pues ello nos proporcionará otros matices y circunstancias de aquellos días en que el jerezano Vasco Núñez concebirá un proyecto que resultó de extraordinario alcance, y que veremos analizando el testamento de Pedro Portocarrero 'El Sordo', señor de Balboa
Basten esas referencias del tronco genealógico para hacerse idea del poder que va a tener la persona a la que servirá Balboa.
Hay que pensar en la fortuna enorme de quien entra al servicio de señor tan principal, y por ello a pesar de nacer en una villa de interior tan alejada a las ciencias de la navegación, escuchará noticias marineras acompañando a su señor
ocas familias en Jerez y su dilatado término tuvieron tanta fuerza y poderío. En aquella villa de tierra adentro, que los Templarios hacen famosa y los Santiaguistas la hacen grande, nace Balboa en un momento afortunado. Es verdad que seguían las enormes diferencias de clase propias del Antiguo Régimen, pero algunos villanos e hidalgos se beneficiaban a la sombra de sólidos blasones. Para Vasco Núñez los Portocarrero resultaron una buena escuela de entrenamiento. Eran días de luces donde el Renacimiento con sus inventos insuflaba caminos inéditos, y ello quebró las encadenadoras fronteras del conformismo. Parecía abrirse un tiempo de esperanzas y en esa oportunidad estuvo Balboa, una persona que de no haberse tropezado en la vecindad de la parroquia con sus señores, hubiéramos perdido su rastro y su nombre se habría desvanecido entre las costuras amarillas de la historia

Es el descubridor del océano Pacífico, por el que navegó en 1513. Fue fundador y alcalde de la primera ciudad española establecida en la región continental de América: Santa María la Antigua del Darién (1510), y fue también el conquistador de la región transístmica americana. Tuvo el título de Adelantado de la Mar del Sur.
Se cree que nació en 1475, pues Las Casas afirmó que en 1510 “era mancebo de hasta treinta y cinco o pocos más años”. Su familia fue hidalga, aunque pobre. Su padre fue don Nuño Arias de Balboa y su madre una señora de Badajoz de nombre desconocido. Este matrimonio tuvo cuatro hijos: Vasco, Alvar, Gonzalo y Juan. Vasco entró como criado en casa de don Pedro Puertocarrero, señor de Moguer, donde se educó en letras, modales y armas. Allí debió de asistir al protagonismo de Moguer en la empresa colombina. A fines de siglo se trasladó a Sevilla y en 1500 se enroló en la expedición organizada por el escribano de Triana Rodrigo de Bastidas y el cartógrafo Juan de la Cosa (véase Viaje de Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa). Con ella partió de Cádiz a fines de 1501 y recorrió la costa venezolana, participando luego en el descubrimiento de toda la costa atlántica colombiana y de la costa atlántica panameña desde el Darién hasta Puerto Escribanos. El mal estado de las naves a causa de la broma (un lamelibranquio que abría vías de agua en las cuadernas de roble de las quillas) obligó a detener el descubrimiento y enfilar a la isla Española, donde naufragaron.

Balboa se quedó en la isla de Santo Domingo y debió de participar en la conquista ovandina, pues fue premiado con un reparto de indios en Salvaleón, población que ayudó a fundar. Inició un negocio de cría de cerdos que le fue mal. Endeudado, decidió embarcar como polizón (sus acreedores no le dejaban hacerlo legalmente) en la flotilla del Bachiller Enciso que iba a reforzar a Ojeda. Se metió en una vela o en un tonel (existen ambas versiones) acompañado de su perro Leoncico.


 Descubierto en alta mar, estuvo a punto de ser abandonado en una isla desierta por Enciso (parece que era uno de sus acreedores), quien finalmente lo aceptó a bordo. La flotilla encontró frente a Cartagena los restos de la expedición de Ojeda, mandados por Francisco Pizarro. Se supo entonces que había fracasado el intento de poblar San Sebastián, en el golfo de Urabá, por lo insalubre del lugar y por estar habitado por indios que usaban flechas envenenadas. El propio Ojeda había tenido que abandonarlo en busca de refuerzos, tras dejar a sus hombres al mando del Pizarro y con autorización para hacer lo que estimaran conveniente si no regresaba en un plazo de 50 días, que ya habían transcurrido.
Enciso puso proas a San Sebastián, donde comprobó que todo era cierto. Convocó entonces una junta para decidir si regresaban a la Española o buscaban otro lugar para poblar. En plena deliberación pidió la palabra Vasco Núñez para decir algo parecido a lo que nos transcribió el padre Las Casas: “Yo me acuerdo, que los años pasados, viniendo por esta costa con Rodrigo de Bastidas a descubrir, entramos en este Golfo, y a la parte de occidente, a mano derecha, según me parece, salimos en tierra y vimos un pueblo de la otra banda de un gran río, que tenía muy fresca y abundante tierra de comida, y la gente de ella no ponía hierba (veneno) en sus flechas”. Fue una sugerencia providencial que todos aceptaron, empezando por el propio Enciso.
Dejaron en San Sebastián de Urabá a 65 hombres y el resto siguió hasta el lugar señalado por Balboa, que encontraron a poco. Era la provincia del cacique Cémaco, cuyos guerreros abandonaron el campo de batalla después de un brevísimo combate. Se mandó entonces venir a los que habían quedado en San Sebastián y, reunidos con ellos, se procedió a fundar la primera ciudad de la América continental, que fue Nuestra Señora de la Antigua del Darién (en noviembre de 1510). Enciso ejerció provisionalmente el mando y cometió algunos actos que le enemistaron de sus hombres, como prohibir comerciar con oro y negarse a repartir el botín de oro que habían capturado a los naturales, ya que en su opinión esto le correspondía hacerlo al Gobernador Ojeda, del que nada se sabía. Balboa aprovechó la ocasión para minar su autoridad pidiendo la creación de un Cabildo, ya que la nueva población se encontraba fuera de la jurisdicción de Ojeda, como así era. En el Cabildo resultaron elegidos como alcaldes Vasco Núñez y Benito Palazuelos (sustituido luego por Zamudio). El tesorero fue el médico Dr. Alberto, el alguacil Bartolomé Hurtado, y los regidores Diego Albítez, Martín de Zamudio, Esteban Barrantes y Juan de Valdivia.
El explorado jerezano fue una víctima del temperamento ambicioso de Pedrarias. Gaspar de Espinosa, el alcalde mayor de Castilla de Oro, lo condenó a muerte y fue conducido al patíbulo, en Acla, en enero de 1519,. Es mentira y falsedad que se me levanta; y para el paso en que voy, que nunca por el pensamiento me pasó tal cosa ni pensé que de mí tal se imaginara; antes fue siempre mi deseo de servir al Rey como fiel vasallo y aumentarle sus señoríos con todo mi poder y fuerzas, protestó Balboa antes de ser decapitado.

Entre Acla y León.


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Acla, el día que mataron a Balboa
Crónica de un testigo anónimo, 1519

La mañana amaneció gris, y los ruidos de loros ,monos aulladores,tucanes y tambores de la selva callaron como si presintieran la tragedia. La humedad se pegaba a la piel como luto. En la plaza de Acla, cinco hombres fueron sacados de la prisión, encadenados, sus rostros sombríos. Entre ellos, uno destacaba: Vasco Núñez de Balboa, el hombre que había visto con sus propios ojos aquel mar inmenso, el que los indígenas llamaban “Mar del Sur”.

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Iba derecho, erguido, aunque sus piernas estuviesen pesadas por las cadenas y su corazón traicionado por el mismo hombre que juró ser su suegro: Pedrarias Dávila, que desde la Casa de Gobernación, entre las sombras de la ventana, observaba todo sin pestañear.
Balboa habló con voz firme, sin temblor:
“No he sido traidor, ni contra el Rey ni contra el honor.”
Lo oímos todos. Nadie se atrevió a responder.
Entonces ocurrió algo inesperado: desde entre la multitud apareció Anayansi, la joven hija del cacique Careta, su aliada, su amiga, quizás su amor. Rompió el cordón de soldados y corrió hacia él, gritando palabras en español y en lengua ancestral. Suplicaba. Lloraba. Se interpuso entre Balboa y la espada.
Un soldado la empujó. Ella cayó al barro, cubierta de vergüenza ajena. Nadie la escuchó. Pedrarias no parpadeó.
Todo fué de prisa sin pompa y lleno de la verguenza de los que les conocieron y no hicieron nada por impedir esas muertes sin propósito de bien. Cuando cayó la cabeza de Balboa, se oyó un murmullo de espanto. Un silencio tan denso como la muerte se apoderó del aire. Su caballo blanco, atado junto a los establos, comenzó a relinchar con furia. Dicen que al anochecer caminó solo por las calles de Acla, como si buscara a su amo, o como si lo velara.
Fue entonces que los hijos del cacique Careta salieron en su búsqueda. Lo encontraron cerca del lugar de la ejecución, husmeando la tierra. Lo calmaron, lo acariciaron, y con respeto, enterraron a Balboa en secreto, en el bosque que lo había visto partir hacia el Pacífico.
Junto a ese caballo blanco estaba Leoncico, el perro de guerra que siempre acompañaba a Balboa en sus expediciones. 
Conocido por su habilidad en las expediciones para

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distinguir entre indios mansos y bravos.Leoncico no se quedó con nadie tras la muerte de su amo. Se dice que Anayansi y su tribu cuidaron de Leoncico, protegiéndo y velando por él en los días oscuros que siguieron en el Istmo. Y a la Tribu Cueva...
Nadie volvió a mencionar el acto públicamente. Pero desde entonces, cada vez que llueve en Acla, los ancianos dicen que se oye el relincho de un caballo, y se ve una sombra blanca vagar entre los árboles.
Y que Anayansi, la que amó a un español como si fuera de su pueblo, no volvió a hablar con ningún hombre blanco.


León, Nicaragua – El eco de Acla

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Pasaron los años, pero Pedrarias no cambió. El mismo que mandó degollar a Balboa en 1519, llegó a Nicaragua con nuevos títulos y más poder en 1526. La Corona, en su habitual miopía, le había confiado más tierras, más soldados, más capacidad de juicio. Y él haría uso de todo eso una vez más, para imponer su mano dura.
La sombra de la catalepsia
Se dice que Pedrarias sufría de catalepsia, un trastorno que provoca que el cuerpo quede rígido y sin movimiento, como si estuviera muerto. Tan grave era su temor a

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la muerte que, cuando viajó desde España a América, lo hizo acompañado de su ataúd, preparado para el peor de los destinos.
Este ataúd lo acompañó durante todo su tiempo en Nicaragua, como un recordatorio constante de su mortalidad y de la sombra que él mismo había sembrado con sus acciones.

Hernández de Córdoba: el nuevo Balboa

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Francisco Hernández de Córdoba había sido nombrado adelantado y comendador de la región. Había fundado León y Granada, ciudades que aún hoy conservan su traza española. Córdoba estaba ganando popularidad, consolidando dominio, organizando encomiendas y recogiendo tributos… y eso, a ojos de Pedrarias, era peligroso.

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Lo acusó de usurpar autoridad y retener oro de la Corona, exactamente el mismo tipo de cargos inventados que usó contra Balboa. Córdoba intentó defenderse, y algunos cronistas aseguran que incluso había enviado cartas a España denunciando los abusos de Pedrarias. Pero fue tarde.
La misma sentencia, el mismo verdugo
Pedrarias no permitió juicio justo. Mandó arrestarlo, juzgarlo sumariamente y ejecutarlo por decapitación en León, en 1526. El pueblo, como en Acla, fue obligado a presenciarlo.
Algunos dicen que, en el momento de la ejecución, Córdoba exclamó que no temía morir, pero sí que su sangre derramada trajera maldición a Nicaragua.
El final del ciclo de sangre
Pedrarias gobernó Nicaragua hasta su muerte en 1531. Se dice que su muerte, lejos de ser una sorpresa, fue la culminación de años de desgaste físico y mental. Finalmente, murió en su cama en León, con su ataúd siempre cerca, como un macabro acompañante que lo había seguido desde el viejo mundo.
La sepultura del verdugo
Cuando años después se encontró la sepultura de Pedrarias, se observó que había sido enterrado a los pies de Francisco Hernández de Córdoba. Muchos interpretan esta disposición como una burla final del pueblo que había oprimido durante tanto tiempo y una forma simbólica de que, incluso en la muerte, Pedrarias quedó sometido al hombre que ejecutó injustamente.

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Su memoria quedó marcada por la sangre de dos hombres cuyo único crimen fue eclipsar su ambición. Sus enemigos lo llamaron "el eterno traidor", "el verdugo de conquistadores". Su legado no fue de grandeza, sino de ambición, celos y represión.

Dos cabezas cortadas, un mismo verdugo
Vasco Núñez de Balboa y Francisco Hernández de Córdoba —dos fundadores, exploradores, visionarios— cayeron ante la misma figura: Pedrarias Dávila, símbolo del poder temeroso, el ego herido y el uso brutal de la autoridad.
Y así como el caballo blanco de Balboa vagó por Acla, algunos dicen que en las noches lluviosas de León se oye un retumbar lejano de cascos y cadenas... como si las culpas de Pedrarias caminaran todavía por los adoquines coloniales.